En ocasiones utilizamos ambos términos como
sinónimos pero tal vez su significado tal vez no sea tan similar como pensamos.
Cuando hablamos de habilidades nos referimos a la
capacidad o destreza que tiene una persona para realizar una tarea determinada.
Así pues este concepto está relacionado con el
“saber hacer”, es decir está vinculado con la eficacia.
Por ejemplo, una persona puede tener habilidades
de organización, y por lo tanto podrá planificar adecuadamente su agenda
semanal.
¿Pero es suficiente con esto?
Es aquí donde entra en juego el concepto de
competencia como no sólo la habilidad que implica “saber hacer” si no que además
es eficiente, en otras palabras “sabe cómo hacer” y por lo tanto sabrá
racionalizar sus recursos y capacidades para obtener su objetivo.
Si volvemos al ejemplo anterior, esa
persona no sabrá sólo planificar su semana adecuadamente si no que amortizará sus tiempos
y esfuerzos para realizar las tareas pendientes para la misma.
Es importante entender la diferencia entre ambos
conceptos y así lo saben los profesionales de la formación y de la orientación
laboral.
Los itinerarios formativo-laborales deben ajustarse
cada vez más al concepto de competencia, al mismo tiempo que engloba la
habilidad ya que una vez que aterrizamos en el mercado laboral y sobre todo en
determinados perfiles profesionales las demandas responden más a criterios de
eficiencia.
En muchas ocasiones el concepto de habilidad
además se queda corto al incluir únicamente el aspecto aptitudinal en el
desarrollo de una actividad, al contrario de la competencia que además de
incluir dicho aspecto también incluye el actitudinal.
Es evidente que es importante saber escalar a una
colina pero aún más importante es saber distribuir y administrar nuestro
sustento y esfuerzo para no morir de hambre ni exhaustos y llegar a la cima.

